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MADRE PRIMERIZA: SUCESO INVEROSÍMIL DE UNA IDEA ROMÁNTICA 2da Parte

Segunda parte

Resulta que Luna decidió llegar  (¿por qué no?) un día antes de cerrar el año 2000; es decir, un 30 de diciembre, justo diez días antes de lo previsto. Me imagino que pensó “al que madruga Dios lo ayuda”, yo no sabría decirles en esos momentos qué dicho quedaba a lo que estaba viviendo, lo único que sé es que comencé cual hormiga en quemazón a arreglar el departamento a eso de las 10:30 de la noche. No paré hasta que dejé aquel nidito de amor reluciente y preparado cómo para que la escoba, trapeador y trapo no lo tocaran (al menos por mí) por un par de semanas, es más, por unos meses. Marco sólo mecía su mirada al compás del ir y venir de mis pies danzando por el depa, hasta que por fin terminé. Era curioso, mi cuerpo sospechaba algo y Marco también. Sin tema de preámbulo le pedí a mi compañero que me ayudara a preparar una pañalera de primeriza, ¿cuál es esa?, pues en la que llevas todo y no llevas nada, porque olvidé guardar varias latas de sentido del humor,  algunos paquetes de ungüentos para el miedo e inseguridad y cuatro cajas de pañuelos para limpiar las lágrimas de la realidad: esas que se mezclan en un shot de emociones. ¿Y pañalera por qué?  Porque mujer prevenida vale por dos, pensaba muy dentro de mí.

Como a eso de las 2:00 de la mañana ya estábamos descansando ¡por fin!, tendidos en la cama a punto de cerrar los ojos y abrir el alma para emprender el viaje más maravilloso que jamás hubiéramos imaginado: la realidad de ser padres.
 Dieron las 5:00 de la mañana y me levanté cual resorte al baño porque un tremendo piquete se instalaba en la parte inferior de mi vientre; por primera vez empezaba a sentir eso que hace unos renglones describía como shot de emociones. Corrí al baño sólo para descubrir que aquello que le nombraban rompimiento de fuente en mi cuerpo se presentaba de una manera que no tenía contemplada. Ni transparente ni cristalina. Aquel líquido era verde cuál sopa de chícharo mejor conocido como meconio. Se me prendió en ese momento una alerta en este cuerpo femenino que se estrenaría en pocas horas como madre. Marco despertó de inmediato y no volvió a pegar las pestañas hasta seis meses después (sí, quizá exageré un poco, pero si juntamos las desveladas y desmañadas que le ocasionaron ser papá primerizo, me quedé corta).

Hablamos al ginecólogo sólo para escucharlo decir que el parto no podría ser en nuestro hogar, había que monitorear a mi enigmática Luna como a mi rebuscada realidad, es decir, a mí también. 
Palabras que no esperaba escuchar retumbaron en mis oídos, y confieso que también mi corazón, cuando hablábamos con nuestro Doctor y nos dijo que Adriana (a quien había elegido por dula) estaba en la playa de vacaciones. El shot de emociones se agitaba cada vez más.
 Fuimos al hospital. Y el lugar de llegada para tan especial suceso era realmente surrealista: me esperaba en un cuarto, no un Doctor, sino alguien cuyo atuendo era  más bien de Chamán, había velas, pero ¿dónde estaba la alberca? (recuerden que el parto que queríamos debía ser en agua, la habíamos olvidado), afortunadamente el doctor tenía, como era previsor, una de repuesto y de verdad que no era nada parecida a la que habíamos elegido.

Pero ahí empezaba el dilema, o todo aquel sueño romántico o nacimiento lo más humanizado, tranquilo, amoroso, cuerdo…  ¿posible?. 
Las contracciones que experimentaba no se parecían en nada a las que me habían presentado en los cursos sicoprofilácticos, por unas horas logré mantener el control, como pareja de padres educados en el tema prenatal, nos sumergíamos  en una alberca de dudas; sin embargo, realizábamos,  cual manual, lo que indicaba la lección de sicoprofilácticos que nuestra memoria, sorprendida, recordaba: que si respirar por nariz y exhalar por  la boca, si agacharte en el momento de la contracción, si tomar a tu esposo de la mano y que el masaje de espalda y cintura, en fin. Todo lo anterior funcionó por un momento pero de repente entraba en otro estado que se me presentaba por primera vez en la vida:  una mujer que estaba dormida en mi interior tan precisa y sabia, primitiva y actual, feroz y frágil, temerosa, valiente y audaz que la dejé despertar sin darme cuenta. Las contracciones se volvieron cada vez más intensas y esa parte mesurada con la que actuaba quedó ahogada en aquella alberca que estaba destinada  a un parto de ficción. Salimos de la alberca, yo sentía que me volvería loca de los dolores, pedí al Doctor que avisara a mi familia y a mi mejor amiga que no quería a nadie cerca de nosotros. Gritaba, lloraba, retorcía sábanas, caminaba, abrazaba a Marco, mi cuerpo se encogía, se volvía como caracol y se extendía en segundos como águila para levantar vuelo y por primera vez seguía las indicaciones de esa mujer arcaica. El acto de magia seguía avanzando, había pasado el clímax del gran suceso y el desenlace que encerraba la mayor sorpresa de la vida: regalo del amor, estaba por llegar.

Las contracciones se fueron y mis ojos se abrieron tan grandes que se hicieron junto con el corazón un sólo sentido. Corrí al baño y comencé a experimentar lo que era dar la vida por la vida, mi Luna, nuestra Luna se asomaba por la ventana de los milagros y yo la recibía desde mi balcón.  Fuí a una silla, Marco me esperaba para ayudar y el Doctor Chamán, le hablaba dulcemente a Luna. Justo fué ahí donde ella decidió llegar.

La silla más sencilla, menos cómoda, más angosta  y la más especial, porque fué ahí donde Luna nació, fué ahí donde todo lo planeado murió y donde yo también volvía a nacer como madre primeriza.

 

Kika

 

 

 

 

kika

Soy Erika del Rocío pero en el mundo de la creatividad, la educación y el arte soy Kika. Soñadora, espontánea, media bruja y maga, apasionada de compartir el tiempo y experiencias con seres mágicos, de cualquier tamaño que disfruten cada instante y se dejen sorprender por la vida. Soy coleccionista de recuerdos y artesana de mis pasiones. Me acompañan en este viaje Luna y Aura (mi mayor regalo). Tengo un cómplice y maestro con quien comparto mis locuras, tristezas y alegrías; Marco.

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