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Ángel y el extraterrestre

 

El catálogo de “tácticas dilatorias a la hora de dormir” es, en el caso de mis hijos, bastante extenso: “tengo sed”, “tengo que ir al baño”, “se me olvidó lavarme los dientes”, “mi hermano está roncando”, “no cenamos” (¡ESO fue merienda!), “me duele…” (la cabeza, el dedo gordo, la ceja, la uña del meñique, un pie), “yo si me quiero dormir, pero mi cabeza no me deja”, “mamá ¿es cierto que una imagen vale más que mil palabras?” y, no podría faltar, la pesadilla en todas sus variantes.

Iluso el padre que crea que, después de la rutina de acostar críos y de la post-rutina, tomada del antes mencionado catálogo, podrá sentarse a cenar. No faltará entonces una cabecita que asome a la cocina e inicie el siguiente diálogo:

– ¿Ya acabaron de cenar? Para que me acompañen allá arriba, porque las escaleras me dan mucho miedo.
– Pero si estabas arriba, ¿cómo bajaste si te da miedo?
– Es que estaba ahí arriba y vi una sombra y bajé corriendo.
– ¿Y de qué era la sombra?
– De un extraterrestre
– ¿Ah si? ¿Y cómo era? ¿Cuántas patas tenía?
– Dos… ah no, tres
– ¿Y cuántos ojos?
– ¡Todos!
– ¿Y cuántos son todos: 2, 5, mil?
– Más bien mil
– ¿Y cuántos dientes?
– ¡Cincuenta!
– ¿Y tenía alas?
– No
– ¿Y garras?
– Si
– ¿Y de qué color era?
– Verde
– M… ¿y de qué se alimenta?
– De niños papá, por eso, ven conmigo y subes y lo nalgueas y luego regresas…

 

A todos los papás ¡Felices sueños! y… felices cenas frías por muchas, muchas noches.

Alejandra Ulloa

Alecita es mamá añosa; y primeriza por partida doble: lo que aprende con Dante (7 años) lo desaprende con Angel (5) y vuelve a empezar. Comparte su labor de Hacedora de Recuerdos con K, amigo desde hace 26 años y cómplice en esto de ser y hacer familia desde hace 10. Procura no caer en la tentación de tomarse demasiado en serio y en esto de ser mamá tiene todo, menos certezas.

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